— Déjala a ella que sea pájaro — había
dicho su padre, y desde entonces, frente a la ventana, Lira practicó hasta dar
con las notas precisas. Pero reinar sobre los trinos no le alcanzaba; allí, en
el verde, estaban los otros, los únicos sonidos que darían a su voz matices
incomparables. Sin demora, con la primera luz, abrió la puerta como quien abre
una jaula. El bosque la llamaba, llenaba su garganta de colores. De su madre no
quiso despedirse.
Mariángeles Abelli Bonardi
Armadura de valor, pág. 70
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