Entró al supermercado, atraída por el brillo fluorescente de lo que ella
creía era el sol. Revoloteó insegura entre las góndolas; la seguí. Finalmente
se posó en un rollo de cocina y quedó quieta, tratando de libar de la equívoca
flor pintada en el envase. Me acerqué despacio, la atrapé con suavidad, y con
ella en el cofre de mis manos, salí: su sedoso aleteo era casi del color
de la luna.
©Mariángeles Abelli Bonardi
Villa Los Aromos, 12 de enero de
2014