Lo conocí en el muelle, mientras
jugaba con el último regalo de papá. No le importaron mis ojos tristes ni mi
pelo largo, llovido en la cara. Desde entonces, todas las tardes, allí lo
espero.
Allí lo espero, todas las tardes desde entonces. No le importan
mi pelo musgoso ni mis ojos huecos. Somos él, yo, y un barquito. Ya no me
siento solo.
©Mariángeles
Abelli Bonardi
8 de noviembre de 2015
Imagen tomada de Facebook
8 de noviembre de 2015
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