Con él aprendimos a dar, a darnos… Cada vez que tocaba el timbre, alguno de nosotros recibía la taza, hervía el agua, cortaba el pan, y formaba parte de ese rito del té que nutría el alma sin dejar de quitar el hambre.
Hace poco, visitando a mamá, lo crucé en la puerta de calle. «El mudo» está flaco y canoso, ya no le quedan dientes… Le llamó la atención que me fuera, y mamá le explicó que «soy grande», que ya me iba a mi casa… «¡Ah…!», exclamó formando un techito con las manos, y en esa interjección cupieron todas las palabras y el cariño del mundo.







